Vivir aprendiendo
Juan siempre dijo que yo escribo mejor de lo que hablo, espero en este caso no decepcionarles ni decepcionarlo. Va por ti mi Juanito.
La primera dimensión que yo conocí de Juan fue la del maestro. En aquella época, a mediados de los ochentas, cuando un temblor similar al que tuvimos hace un mes sacudió no sólo nuestros suelos sino también nuestras conciencias, me resultaba imposible imaginar que aquel hombre de cabello, barbas y convicciones rojas, que transcurría por los pasillos rodeado siempre de estudiantes –que no de alumnos—(dejó de decirles así cuando aprendió de Carlos Antonio Aguirre Rojas que la palabra alumno alude a personas “sin luz”) sería con quien compartiría una de las etapas más felices y fructíferas de mi existencia y de quien aprendería no sólo a amar y respetar el quehacer docente, sino la vida.
Juan fue maestro antes que historiador. Carmen, “su jefecita”, como él solía llamarla, contaba que le robaba el saco a Juan, “su jefe” (rara vez Juan se refería a sus papás como “mi papá” o “mi mamá”, para él y sus hermanos eran Juan y Carmen); acomodaba botes y macetas para que fueran su audiencia, y comenzaba a darles clases. Carmen comentó con quien tenía cerca: “¡Qué bien lee!”. Luego descubrirían que Juan no leía, ya había memorizado no sé cuantas cosas, jugando a lo que sería de grande.
Ya de manera más seria, durante la secundaria, era quien preparaba los discursos para las ceremonias cívicas, discurriendo sobre los diferentes sucesos patrios del día, la semana o el mes, compartiendo el podio con José Sosa Ortiz, a quien más tarde conoceríamos como José José, que se encargaba de la parte musical de la ceremonia, al entonar el Himno Nacional.
Juan admiró y quiso profundamente a sus padres, los respetaba como pocos. Los veneró hasta el día de su propia partida. Tal vez su padre, sin querer le inculcó el amor por la historia. Resulta paradójico, pues cuando el Ingeniero Soria se enteró que Juanito estudiaría Historia en la UNAM, le retiró el habla. No podía imaginar que su primogénito fuera a estudiar algo que tal vez para él era un pasatiempo, pues el señor Soria era un voraz lector de toda clase de libros. En alguna ocasión en una de esas conversaciones que Juan tuvo con su papá, éste le contó que quien le había enseñado a trazar planos allá en Francia, donde transcurrió su niñez y parte de su juventud, había sido un viejo que había participado en la Guerra Franco-Prusiana. Eran este tipo de anécdotas las que apasionaban a Juan, cuando sentía que podía tocar el pasado con sus manos y su imaginación.
Fue también del Ingeniero de quien heredaría las ideas de izquierda. Su abuela, Petra Soriano, envió dinero a la causa republicana durante la Guerra Civil Española; y uno de sus tíos, estuvo preso en un campo de concentración nacionalista hasta el final de la guerra. En una ocasión, cuando Juan le preguntó a su papá mientras veía las noticias sobre la tensa situación entre Rusia y EEUU que a quién le iba, (como si fuera un partido) don Juan le respondió que a Rusia, por supuesto.
Quise contar estas anécdotas porque en el caso de Juan, todo suma para comprender su ser docente. Fue un lector voraz, igual que su padre y un incansable aprendiz. Salir con él de vacaciones era una experiencia única. Investigaba qué visitar, dónde llegar, qué beber y por supuesto dónde comer. Una vez que habíamos llegado a donde él quería, lo siguiente era preguntar, preguntar y preguntar. Para él, toda experiencia se convertía en un placer didáctico y cultural. No había un solo momento del que no pudiera aprender. Y no descansaba hasta haber saciado su sed de conocimiento. Siempre supo que cada cosa que él aprendiera se convertiría en algo que aportar a su quehacer docente. Consideraba que un maestro debía ser una persona culta, que supiera mucho de muchas cosas para acercar el conocimiento y crear curiosidad.
No fui su alumna formal, estuve cerca de serlo y muy cerca de sus alumnos. Competí con uno en particular. Buscábamos demostrar cuál de nuestros maestros de Historia de la Cultura era el mejor, si mi maestra o su “profito”, como él le decía. Ya saben quien ganó. Juan provocó un romance entre aquel estudiante y la Historia y a mi me enamoró diez años después. Además de aquel joven, que el día de hoy es doctor en Historia, sé que Juan inspiró a que muchos de sus estudiantes se acercarán a las humanidades o a las ciencias sociales, fueron varios los que estudiaron Antropología, Derecho, Sociología, Filosofía, Pedagogía, entre otras carreras, además de Historia. Lo sé porque algunos lo hicieron aquí.
Juan entró a Acatlán podría pensarse que por casualidad, aunque no lo creo así. Había sido maestro de preparatoria la mayor parte del tiempo porque como ya lo he dicho, esa era su vocación. Él llegó a tener la creencia de que la academia no era lo suyo. Varios de los intentos que llevó a cabo fracasaron incluso por causas ajenas a él. Como cuando en el 75 se fue a España con una beca para investigar el Archivo de Indias. Al parecer un día y de modo repentino le negaron el paso, informándole que México había roto relaciones con España como protesta por los jóvenes que recién habían sido condenados a muerte en la península por lo de Carrero Blanco. Juan se tuvo que regresar a pesar de que el 20 de noviembre de aquel año, un documental de pingüinos por la tele era la señal, la clave o el anunció de que el Caudillo había muerto.
Juan no se propuso entrar a Acatlán. Un día, su suegro, es decir mi padre, le preguntó si quería trabajar en Acatlán y Juan le contestó que sí. Al poco tiempo, currículum en mano, mi papá fue con el Mtro. Miguel Ángel Soto a entregárselo. Al maestro le urgía un profesor que pudiera impartir Medio Oriente Siglo XX. Era la única materia que daría y así empezó. Tuvo que estudiar y aprender. Si él sentía que no dominaba algún tema, él se ponía a estudiar. Para él lo más importante era no fallarle a sus estudiantes. Cada semana preparaba mucho material, que si sobre Palestina, que si la Intifada, que si sobre el Islám y Mahoma. Compró el Corán. Incluso fuimos a la representación de Pakistán en México, y como nos invitaron a hacer el rezo del ocaso, lo hicimos, con todo y abluciones previas. De todo aprendía y lo hacía con humildad; él buscaba exprimir hasta la última de gota de todas las experiencias que le proporcionaran conocimiento.
Después de un tiempo, hizo su ronchita en la FES. Ya no solo trabajaba en Historia, estaba en el SUA en Relaciones Internacionales. Por fortuna, empezaron a valorar su trabajo en la División de Humanidades. Empezó a trabajar con mayor intensidad en Historia y lo invitaron a trabajar en la LEI. La vida laboral de Juan llegó a ser, gracias a Acatlán, plena y muy feliz. Los estudiantes, sus compañeros maestros, las secretarías, los administrativos, los del sindicato, el personal de la limpieza, los que le vendían el café, los cigarros, las playeras o los mazapanes, todos merecían su atención y de todos me platicaba algo. Me decía, la mayoría de las veces frente a quien se refería: “Mira güerita, él es que te dije que vende esto o trae eso o le pasó aquello”. Si no, ya me tocaría inferirlo, como recientemente lo he hecho.
Para Juan, ese contacto con las personas era una oportunidad para aprender; sabía que la Historia la construía la gente con su día a día, con su quehacer cotidiano. Que enredarse como rebozo nuevo en clavo viejo, como bien refiriera Manuel Ordóñez, le traería un conocimiento que no se halla en los libros y que solo son capaces de leer quienes comprenden la complejidad humana.
Se dice que los hombres más grandes que ha dado la humanidad han trascendido en muchos casos por el servicio que nos han prestado, por el compromiso que han adquirido con quienes los rodean. ¿Y qué es un maestro, sino un gran servidor? Juan fue maestro por la pasión y la entrega; por poner sus conocimientos al servicio de los demás y por saber recibir lo que otros le aportaran y le enseñaran, siempre con humildad y alegría.
Finalizo mi participación citando un fragmento de un soneto que Petrarca le dedica a Laura Di Noves:
Bendito sea el año, el punto, el día,
la estación, el lugar, el mes, la hora
y el país, en el cual su encantadora
mirada encadenóse al alma mía.
Bendita la dulcísima porfía
de entregarme a ese amor que en mi alma mora,
y el arco y las saetas, de que ahora
las llagas siento abiertas todavía.
Bendito tú, Juan Soria, ya que a tu a lado aprendí que quien ama, se entrega; que quien se entrega es leal y comprometido; que quien está comprometido, lucha y no se deja vencer por nimiedades. Que quien es maestro ama, se entrega, se compromete y lucha. Que el que ama, acepta, critica y cuestiona, pero siempre con respeto y humildad. Que entre todos lo podemos todo, que entre todos lo sabemos todo. Que en la calle codo a codo, tú, yo y Amadeo, somos, fuimos y seremos mucho más que dos.
Atizapán de Zaragoza, a 25 de octubre de 2017.
